Este viernes visitamos grietas fundamentales en los poemas de Ana Basilio (Poza Rica, Veracruz, 1992). Estudió Letras Hispánicas en la Universidad Autónoma Metropolitana y Derecho en la Universidad Veracruzana. En 2009 cursó el Diplomado en Creación Literaria en el Instituto Cultural Helénico. Su último poemario “Nadie sabe hasta dónde llegan las flechas de Sagitario” fue publicado en mayo del 2023 a cargo de Niño Down Editorial. Actualmente es becaria del PECDA Veracruz (2023-2024) en la especialidad Poesía, dentro de la categoría Jóvenes Creadores. Es parte del Taller de Poesía de la revista Grafógrafxs (UAEMéx).
Iztapalapa
Hay
un lugar secreto
donde nos miramos
Ahí
el agua corre
negra
sobre mi cuerpo
Dicen
que no lloverá pronto,
que aproveche la caída
aunque esta
huela a veneno
[Grietas fundamentales]
Cuerpo. Mi cuerpo. Se me cayeron los tomates al piso. En medio de la calle. Se me rompieron las bolsas. Voló todo. Si te cuento la historia vas a decir que me hago la víctima. Aplastaron los tomates y con el zapato lloran las semillas. Se esparce el eco. Como un correr hacia adentro. Como una mente que te va impedir recordar. Volver para morir. Este no es lugar para que llores. Vete al baño. Muerde la sábana. Quedito, que te siguen los dioses carnívoros. Puerta de adorno. Había un hombre observando en la herida y en mi grieta. La mueca del jazmín es el delirio. Prefiero creer en eso. Y no preguntarme nunca más ¿por qué a mí?
Derramar el té
La cadencia de temblar se a-go-ta. Dormiste viendo la televisión. La dejé sonar. Horas antes, recuerdo que te burlaste de los hombres cincuentones que hacían eso. Decías que eran viejos, panzones y calvos. Tú no eres nada de eso, pero tienes la disciplina de dormir como un justo. Aquí, pasa un día y pasa otro. Nada cambia o parece que nada cambia, en la superficie. Las estrellas me dieron un mensaje: el estancamiento es una sensación necesaria. El vacío es perfecto. Sé una con él. Ríe cuando tengas miedo. La carcajada del payaso le hace heridas al hombre de los cuernos. Solo sé. No desees. No desear no desear. Aún sigo en el taxi. Cierro los ojos. Quiero preguntarme tantas cosas. Se acaba mi saliva. Tu mano tiene alas de río. Tu mano toca el vacío. Me preguntas si quiero agua. Tengo sed pero no quiero agua. No miento, tengo tiempo que no lo hago. Hasta hoy, mi mano izquierda no lo sabía. Hay basura en el plato y adentro de la mochila. Todo me sabe igual, a lo mismo. A nada. A nada de todo. Y voy en el mismo vehículo. Suena un cantante diciendo que me quiere chingar. Y honestamente yo quiero que me chingue. Dices que canta como estúpido. Justo como suena un punto exacto, abro los ojos. Tú, yo, ustedes, ellos, todo de todo. Uh, ah, uhm. Bendito calor, afuera y adentro. Ciento veinte grados Fahrenheit a la sombra. La Santa Cena. La hostia en la boca. Sin sabor, sin nada. Dices que eso es puro y esto que experimentamos se llama paz. Que a esto sabe la paz. Y yo pienso en la tranquilidad con que te haces chimenea y te duermes sentado frente a tu llama. Canción envuelta de plumas. Plenitud de la nube dispersa. Escucho tu corazón florecer. Me duele cómo me descubro humana, y siete caras se asoman debajo de las piedras. Piden sangre. Quieren susurrarme muchas cosas. Veo filamentos. Yo de rodillas en medio del monte. Las ataduras detienen mis muñecas. Tengo la frente sangrando a lo alto. Ya no siento nada porque pienso en ti, en que te amé en otro lado. Atravieso los tiempos verbales. El mundo existe cuando abres tu mirada. Despierto a tu lado y tomo agua. Nos hacemos una. Cuando sueño floto muy contenta sobre un lago frío. Mis caballos me cuidan desde lejos. En la otra orilla aguardan intactos. Mientras yo oro con el sol colgado en la garganta. Me agacho para que lo beses, y te mueves. Los duendes lo ponen en tu boca.
Dormir desnudos es perfilar al tiempo. Todo el tiempo se posa cuando no intentas tocarlo. Todo el tiempo de los universos derretidos debajo de tu lengua. Guardar los ojos y saber que existe la fe, como un bebé que descansa feliz entre nosotros.
Psique
Sueño con una bala que entra por tu boca y te revienta el cráneo.
Me acuerdo de tu risa, esa no es tu cara.
No encuentro tu nombre.
Me acuerdo de sus risas.
Esas no son sus caras.
No sé sus nombres.
El pez blanco se queda grabado en todos lados.
A veces lo veo multiplicado en las paredes.
Se acercan a mí. Como ellos se acercaron.
Quería una fiesta y fui la piñata.
Tomé algo en un vaso y mi mente se hizo zumbido.
Alguien mencionó un narco laboratorio en Nuevo León.
A lo lejos eran todas las voces. Como gotas
que se esparcen en el golpe final de la cascada.
Te puedes reír cuantas veces necesites.
Las luces muestran sus propias fauces
y mi cuerpo me protege.
Estoy detrás de las ventanas. Desnuda,
debajo de la cama, me jalan.
Bola de carne mordida.
No se siente nada. Solo el pensamiento.
Flashback frente al espejo.
Uno. Dos. Tres. Cuatro. Cinco.
El mar me golpea la espalda
con su puño azul de cristales en mi garganta.
¿Qué pasó? ¿De qué hablas?
¿Qué estás haciendo? ¿Cuántos días llevamos aquí?
¿A dónde te dirigías?
En mi útero me escondo.
Sentada en el piso cuento los óbolos.
Dicen que los cinco no volverán del río.
Haz que se ahoguen ahí.
Cerca de donde hundieron mi boca con la pistola hacia dentro
Tengo la memoria despedazada
con tres días donde aprendí
silencio.
Descanso en el tono ocre a la altura del pez,
mi espíritu vuelve
hecho agua
cuando recuerda
cómo es
qué se siente.
Gus Dapperton suena de fondo
Vamos en tu carro.
Conduces a 130 kilómetros por hora.
Tenemos el sonido naranja
rodeándonos los ojos.
Todo lo que dejamos atrás
es pasto verde y hay
un borreguito, vacas, toros.
Pompas de cristal
soplan contra nuestra frente.
Sin voltear atrás.
Nunca voltear atrás
y a veces ni siquiera voltear a vernos.
Electro y shock, porque la carretera es larga.
Unas gotas de nubes
debajo de ti
para diluir el ritornello.
Huele a humo la casa.
Así se acercan los muertos.
Todos los dinosaurios enormes
se han extinguido.
Es de noche,
ya no estoy y apenas lo sabes
porque en el trayecto
nunca volteaste a verme.
Despierta
Él, de mis ojos nacía. El mundo se desplegaba, era resistol. Entre mis manos nacieron duraznos. Yo tenía veinte certezas, en ninguna cabía mi nombre. Sentía el roce del agua en el camino del aire. El viento me amaba demasiado, siempre creí ser su princesa. Pero el verano despertó con el fin de la tarde.
Y no sé y no sé cuántos nombres tuvo debajo de sus almohadas. Tenía nueve gatos. Las mañanas se arrodillaba en posición al sol para cantar. Puso sobre mis dedos azúcar como flores. Mi abuelo me llamaba general. Me regaló un rifle. Nos comimos todas las flores. Nada adornaba ya la casa. Quedó desnuda la frente. Todo quién pasó nos vio desnudos. La vimos cantar también. Nos dio la mano. Era algo que sólo entendíamos nosotros.
Entonces yo reía y jugaba con los duendes a cortar los cables de la luna. Nos colgamos hasta quebrarnos la frente. Las ratas traían de vuelta mis dientes más pequeñitos y yo les daba un pesito de gratitud. La vida estaba vestida de día y le gustaba usar capa de superhéroe. Yo no entendía por qué. Siempre preferí ser un power ranger. Mi abuelo jamás usó capa. Me sonreía con sus pequeños ojos azules y yo caía de un árbol.
Diré, en uno de esos días escondidos de abril de 1996. No volvió. Ni yo. No volvimos. Me llevó. De cierta… Desierta. Y olvidé. Se me olvidó cómo empezaba una lágrima. Jamás pregunté nada de ese día. Escuché los granos de arroz. Hálito mi cielo. Entendí el quiebre de los trópicos. Entendí al ave como un pedazo que se desprendía de mi cabello y al mar gramado por sus rocas. Un caballo se escapa aún y corre de mi cuello.
Sólo soñé, sigo soñando.
Me sentaba en la orilla de la azotea por las tardes para juntar todas las gotitas de mercurio. El mar estaba encerrado en una estampita de Disney. El viento con sus dedos tomaba el mercurio de mis ojos y lo guardaba para darle de beber a los camellos. Yo era su favorita. Las libélulas y los periquillos vestían los árboles de arrullo. La risa nunca fue nuestra semilla al precipicio. La vastedad de los colores revestía mis labios. Una orquesta se plasmaba entre las ramas de mi follaje. Todos los pájaros chismoseaban a mi lado. Hablaban de la muerte de mi abuelo. Eso me dolía, nunca entendí ese desprecio.
Quise morderles sus dientes, desprender mi pico para que la sangre de mi padre volviera a su lugar. Ámbar de dioses. Todos me escucharon. Tres mil doscientas tardes siempre fueron una, porque para Él un día es como mil años y mil años es un día. Pendiente de mi respirar, un escorpión se levanta. Tengo todos los años que quise en la palma de mi mano.
Nadie ha descubierto la estampida que tengo en el cuello. Caballo de pila, gira sus patas para no caer. La naturaleza no se ha equivocado. A veces se me olvida que tengo que respirar. Pero calma amor porque todos nos escuchan. Era el conejo llorón. Salve vuestra gracia Ganges, Salve, salve vuestra gracia. Única te elevo. Conserva las memorias en la tierra de la piel nuestra. Recordar es morir. Morir una y otra. Otra vez.
Yumbina
Con los rayos caídos miraste desde el cielo
hasta el medio día en que un caracol se desgasta.
Bebí la leche y mamé
la vida como un montón de florecitas,
tomadas por los puños que arden con mis dedos
desbaratados desde la joya hasta el acento
del nombre que me inventaste para no reinar
ya estando muerto.
Y volteé, volteé al espejo.
Me hice mi madre,
me manché de mantequilla.
Asida a los rayos
la vaca se corona por encima.
Lozana brilla desde el pecho.
Ella no dirá que no.
A la tierra le duele cuando arranco florecitas.
Como cuerpo que se asoma al abismo para recordarse de nuevo,
lloro en los baños contando mis pétalos.
Arnés de polvo y tiempo en el tiempo
que gira como aire sobre sangre de las rocas.
Abriendo las palabras y ya vacilas constante,
porque herida de frambuesa tengo todo en el pecho.
Satanás desde el otro lado del reflejo me admira.
Ve mi sexo y liba
sobre una florecita.
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